Integral y sus Municipios
Paco Ros

Estas tierras a donde el mar no llega y el sol es la bendición y el azote, donde el cielo fulge en un azul puro, los pueblos y ciudades, las sierras, los caminos, las costumbres, el agua, dan un contradiós de geografías cruzadas.

Como un destino con algo de brasa en el aire y un horizonte ardiendo, Albudeite y Campos del Río se levantan agostadas en la soledumbre de un paisaje seco. Tierras arrugadas de papel de estraza que enseñan, como un ajuar precioso, las paredes blancas y las esteras de esparto largamente seco; al sur, como fortuna única, unos huertos verdes de limones refrescados por el cauce del río.

A muy poca distancia de esta ausencia, Mula es la luz otoñal, desgarrada y decadente, que ilumina las frutas y las torres, un ruido aleve de palmeras, un fragor de estrellas respirando y temblando, una acequia por donde baja la luna a los bancales de albaricoques y naranjas, y un olor a casa sola y cortinas de hilo, como los palacetes y las casonas en un viejo espejo, entre legumbres y siestas y un aleteo de hojas y árboles centenarios.

Siguiendo la carretera, el viajero llega a Pliego. Pliego se yergue al amparo de Sierra Espuria. Y es verde de huerta y pino, frutal, madura, esquina y centro, que huele a sabina por el aire, en los rincones, por el agua, en los portales Es el gozo de los albaricoqueros y la humildad de las penumbras.

Y por la sierra, descubriendo lo que uno es y |o que tiene, llegamos a Alhama de Murcia. Alhama es la elegida por un parque natural que ofrece y enseña al caminante el auténtico bosque mediterráneo.

El viajero, cuando llega a ella, encuentra, para su descanso y regocijo un oasis de torres, de luz y de palmeras que le sosiegan el cuerpo, le templan el alma y lo reconfortan con la verdad de la naturaleza.

De los campos de almendros y uvas, de la calma monótona y creadora del alfar, del ancho silencio labrador, cobijado por las sierras de la Tercia y de Espuña, aparece, como un sueño medieval, clavel, esplendente, ocre, Aledo Un filo de sol muriente en las piedras doradas de la Torre de la Calahorra vislumbra que la Historia, que es hombre y tiempo, ya no le pertenece, como el agua viva.

Por los caminos perdidos, llegamos a Totana.

Los rincones y los recovecos de Totana han de andarse con todos los sentidos puestos en su cuidado, para no pasar por las buganvillas sin verlas, para no dejar de percibir el olor que baja desde la Sierra, que confundido con todos los barros alfareros y el agua fresca de la fuente de Juan de Uceta nos hace aprender, y ensancha, la alegría de lo cotidiano, el vuelo de la imaginación, la belleza de lo necesario, en tinajas, jarras, vasijas.
Tras un largo camino de sol de antiguo, de un golpe fulgente por campanarios, palacios, cúpulas, campos y alamedas, Lorca se ofrece como un monumento en el tiempo que recoge desde el gótico hasta nuestro siglo, donde hay que ir a ver morir el sol en los días de cielo alto. Es tierra rica y de recursos, ancho rincón donde se mima la cerámica y surge el arte en jarapas, encajes, bordados y alfombras.

Por las pedanías altas, los colores, los vientos, los perfumes y el gran asombro continuo que es la naturaleza.

Lorca es un siseo de veletas y de luz.

Llegando casi hasta las lindes con Albacete, Moratalla, que es el gusto por la soledad voluntaria, la melancolía del silencio ancho de la nieve y unos pimientos rojos secándose al sol en alguna parte. Dulce como una muchacha en flor, transparente como una verdad y el gozo. Necesariamente blanca, como la muerte, en invierno. Tan verdad. Tan encalada , tan adornada y tan íntimamente estrecha.

A Moratalla, para adivinarla, hay que verla a trasflor del tiempo, y recordarla.

Y Calasparra. Desde la Sierra del Molino se ve el murmullo del vuelo del aire que alea los arrozales, y se huele el agua de los embalses y de las acequias, y se oye, como un grito desgarrado y hermoso, el Cañón de los Almádenes, y, como un sueño, el frezar de las carpas y el aleteo de las truchas en un trozo generoso del río Segura.

Al amanecer, cuando aún es mudo el color del acueducto, cuando aún es líquida la luz por los laberintos de callejas, se derrama, como un rumor, como un beso trémulo y húmedo, el sabor de los bancales de verduras y frutas.

Caravaca de la Cruz, águila blasonada, entre guarniciones y doncellas, entre lunas de piedra, mira y vuela desde la Torre Chacona hasta las sierras, y acecha los tejados, al romero y al tomillo, los monasterios, y la flor de la soberbia de los caballos, que son luz de crines.

Toda es renacentista o barroca. Toda es la penumbra recogida y sosegada del convento o un sol de rosa medievales.

Tras un paseo corto, hermoso y lleno, Cehegín, que es un vuelo al amanecer, leve como la harina, un grano de trigo entre calles usadas, como un silencio descendiendo de la torre de la Magdalena hasta el río, que toca los balcones, los muros y las tejas, el cipresal gótico y un paisaje doncel de sierra, cañas, peros y albaricoques, que prende en fachadas heráldicas, en el cáñamo y en las casas de cal y tierra.

Y ya el viajero llega al vaso de la tierra, Bullas. Bajar a las bodegas antiguas o subir a las flores blancas de los almendros o beber agua limpia en el Salto del Usero, tan fresca. Y esperar a que el último rescoldo del sol en una esquina, dorado y vetusto como las hojas de las vides, entregado como el vino, nos olvide en un callejón o en una arboleda.

Todas estas tierras, que son huerta y cántaro y palmera y desierto, luz desnuda, dejan en el corazón del viajero el oro viejo de un atardecer entregado, un balcón que mira al huerto, una cortina que se mece con el atardecer.

En este apartado se van a ir publicando toda la información y noticias relacionadas con la Fundación Tierra Integral.



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